Sobre nuestro papel de espectadores y un relato subversivo - #JamLiterarioLAO

Sobre nuestro papel de espectadores y un relato subversivo

Después de visitar un museo una de las preguntas que pueden venir a colación es: ¿cuál es nuestra relación con el arte? Nuestra relación real, tangible incluso. Más allá de la admiración inmediata, es bueno replantearnos qué tanto nos estamos esforzando en dialogar con lo que observamos en nuestras visitas a exposiciones. De pronto corremos el riesgo de convertirnos en espectadores que no están dispuestos a participar de lo que ven. Y ése es el punto de partida para pensar si tenemos una relación realmente, ¿qué tan estrecha puede ser?, ¿qué tanto nos cuestionamos y nos responsabilizamos de nuestras interacciones con el arte?

 

Imagina que estás dentro de una sala de exposición, puede ser cualquiera, quizá en tu museo predilecto, con una selección de artistas contemporáneos. Las indicaciones, como siempre, son claras: no puedes rebasar ciertos límites por el bien de la conservación de las piezas. Lo sabes y lo aceptas, incluso puedes condenar a quien no lo hace. Es la última hora antes de que cierre, y quedan pocas personas a tu alrededor. El silencio se disfruta y se respeta. De pronto, hay una conmoción, sigues a los custodios para enterarte de lo que sucede: alguien ha intervenido una pieza. Empiezas a pensar en lo que esto implica. Quizá una broma de mal gusto o una falta de respeto. Luego cambias de idea, te emociona y te divierte que a alguien se le haya ocurrido hacerlo. La pieza, por supuesto, no es cualquier cosa, también te había llamado la atención en tu recorrido; sobre todo por su textura, a primera vista parece que está hecha con hilo, pero si la miras por mucho tiempo empiezas a dudarlo. No ves la cédula, porque algo te dice que esa duda sólo pudo resolverla la persona que se atrevió a tocarla. Está compuesta por distintos fragmentos que encajan entre sí pero no están pegados, al menos eso se demostró porque alguien alteró el orden. Preguntas qué va a pasar ahora pero nadie te contesta.

            Vas a casa e investigas sobre la pieza. Quieres comprobar que, en efecto, fue transformada mientras estabas cerca de ella. Buscas todas las imágenes que puedes. Ya no sabes qué pensar. Hay bastantes fotografías de prensa de exhibiciones pasadas: la obra tiene un orden diferente en todas ellas. Lamentas no haber sido cómplice de lo que pasó ese día en el museo, porque al menos esa persona, aunque arriesgó la propia obra, entendió mejor que tú que modificarla era parte de su papel como apreciador del arte. 

 

Con esta historia no quiero decir que hay que convertirnos en terroristas de exposiciones, ni mucho menos. Pero sí darnos el tiempo de reflexionar sobre qué tanto podemos influir en lo que estamos observando. Hay muchos caminos para enriquecer nuestra manera de ver las obras: como dejarnos llevar por las experiencias sensoriales, más allá de lo visual, qué olores y sabores puede estar escondiendo, adentrarnos lo más posible en la historia que podría estar contándonos, o incluso hacer que nos inspire para crear algo nuevo. Nunca, al ver una obra de arte, somos entes pasivos, sino que estamos co-creándola desde nuestras posibilidades de lectura. Y desde ese lugar —desde la responsabilidad misma de mantener vivas las piezas— podemos cuestionarnos qué tanto estamos comprometidos con experimentarlas.

Autor: Rita Letemdre

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