¿Por qué escribo? - #JamLiterarioLAO

¿Por qué escribo?

Recientes acontecimientos han hecho que me plantee, más de lo normal, la eterna cuestión que todos los que escribimos nos hemos hecho alguna vez: “¿Por qué escribo?”.

Parece fácil responder a eso. Lo parece, pero, podéis creerme, no lo es. Y no lo es porque escribir, depender de los caprichos de las musas, trabajar con denuedo en algo lo suficientemente tentador como para estar dispuesto a invertir en ello toneladas de tiempo, dedicación y esfuerzo, y sufrir en carne propia la frustración, la rabia, la impotencia, incluso el dolor físico cuando notas que tu cabeza está a punto de estallar o los dolores de espalda se acentúan fruto de las largas sesiones de escritura sentado ante tu escritorio o la pantalla de tu ordenador, en ocasiones se hace muy cuesta arriba. Y todo eso para, una vez has escrito y publicado, someter tu obra al juicio ajeno, con sus comentarios u opiniones no siempre favorables, o enfrentarte a la indiferencia generalizada, no sabiendo qué es peor, si cosechar críticas negativas hacia tu trabajo o no cosechar crítica alguna.

Cuando llevas enfrentándote a todo eso un año y otro y otro, y compruebas que tus esfuerzos no dan el fruto que crees merecer, resulta de lo más normal cuestionarte si merece realmente la pena todo lo que acarrea el arte literario.

Entonces, ¿por qué escribimos?

Supongo que habrá tantas respuestas como escritores. No todos los que escribimos lo hacemos por las mismas razones, ni perseguimos los mismos objetivos. Habrá quien escriba buscando fama y fortuna, o satisfacer su ego, o aspirar con su obra a ocupar un lugar en la Historia, ganándose con ello la inmortalidad, aunque ésta sólo sea literariamente hablando.

En mi caso escribo por muchas razones. ¿Busco fama y fortuna? Más fortuna que fama, sí. ¿Satisfacer mi ego? A ver, ¿a quién no le gusta recibir halagos hacia su trabajo? En ese sentido, no soy una excepción. ¿Aspiro a la inmortalidad literaria? Definitivamente no. Además, ¿para qué?, si una vez haya muerto no me voy a enterar de nada.

Llevo escribiendo desde la adolescencia. Mis primeros intentos literarios se remontan a principios de la década de los noventa. Por aquellos años escribí una novela —la primera que escribía en mi vida— y que, inconsciente de mí, decidí presentar a un importante concurso literario convocado por una prestigiosa editorial en tándem con un periódico regional. De aquella novela no conservo ni una sola línea. Era tan ridículamente ingenua que la rompí en pedazos a los pocos días de recibirla de vuelta —los convocantes decidieron rechazarla por no cumplir con los requisitos impuestos por la organización. ¡Ah, deliciosa juventud!—. Curiosamente, en aquel primer intento literario no había ni rastro del humor que actualmente me caracteriza. Se trataba de una novela de corte costumbrista, fiel reflejo de mis lecturas de aquellos años, cuando me empapaba de Isabel Allende, Mario Vargas Llosa, Alberto Vázquez Figueroa o Gabriel García Márquez.

Todo eso cambió cuando, a mediados de los noventa, compré mi primer libro de relatos de Woody Allen. A partir de aquí, empezaron a caer en mis manos las obras de Groucho Marx, Tom Sharpe y Enrique Jardiel Poncela. Un año más tarde, en 1996, durante unas vacaciones en Fuerteventura, entré en una librería y compré cuatro libros de una colección de humor dedicada a P.G. Wodehouse. Devoré aquellos libros en el mes que pasé en la isla. Me leía aquellas entretenidas y adictivas historias en la playa, junto a la piscina, en el apartamento. Y quedé prendado de Jeeves, el hierático, leal y siempre eficaz mayordomo del desastroso Bertie Wooster. Gracias a todas aquellas lecturas y autores descubrí que el humor también tenía cabida en el arte de la literatura. Eso hizo que recopilase todas las cosas que había estado garabateando en libretas desde mi adolescencia y me decidiese a escribir “humor en serio”.

En pocos meses logré reunir en un manuscrito de poco más de cien páginas una variada colección de piezas humorísticas, que iban desde aforismos hasta pequeños relatos y breves piezas teatrales. Algunos de aquellos escritos, convenientemente actualizados y mejorados, acabarían formando parte, veinte años más tarde, de algunos de mis libros de relatos.

Ahora sí, al fin había descubierto mi estilo. Aquel primer intento me llevó a seguir indagando en el humor literario. Con los años, descubrí un talento especial para el absurdo, gracias a grandes maestros del género como Woody Allen, los Hermanos Marx, Monty Python, Tip y Coll, Miguel Gila y Faemino y Cansado.

En 2014, frustrado y desencantado ante el continuado rechazo editorial cosechado en casi veinte años de fallidos intentos, decidí crear mi propio espacio en Internet. Así, empujado por dos personas de mi círculo íntimo, creé mi propio blog, al que decidí bautizar con el nombre de Absurdamente. Muchas veces, a lo largo de estos cinco años de andadura, me han preguntado con qué intención creé mi blog, y mi respuesta siempre ha sido la misma: darme a conocer como autor y dar a conocer mis escritos. Ah, y hacerme multimillonario vendiendo libros. Pero eso, como diría mi viejo amigo Moustache, “es otra historia...”.

Durante los primeros meses de vida del blog publiqué una amplia representación de mi producción literaria, mezclando piezas nuevas con material escrito a lo largo de mis veinte años de escritura. De este modo, semana a semana y mes a mes, el número de lectores iba creciendo, hasta alcanzar los quinientos seguidores en Google Plus, una de las redes sociales en la que más cómodo he trabajado, y donde he conocido a buena parte de los amigos y lectores con los que, aún hoy, mantengo relación.

En 2015, es decir, al año de vida del blog, decidí autoeditar mi primer libro de relatos: Absurdamente. Antología del absurdo Vol.I. Aquel libro me dio a conocer como autor, e hizo que muchos lectores, que no me conocían, se interesasen por mi propuesta. Un año más tarde, en 2016, publiqué el segundo volumen de la colección. Y a principios de 2018 cerré la trilogía con el tercer y definitivo volumen.

En abril de este año, 2019, Google Plus dejó de operar de manera definitiva. El gigante de Internet había decidido cerrar su red social. Eso supuso un duro golpe para mí, ya que muchos de los lectores que llegaban a mi blog procedentes de esa red social dejaron de hacerlo. La bajada de lectores fue brutal. Eso, unido a un estancamiento en las ventas de mis libros, ha hecho que entre en una pequeña crisis; la misma de la que hablaba justo al inicio de este artículo, la que ha hecho que últimamente me vuelva a preguntar por qué escribo. Mi última publicación en el blog tiene fecha 15 de mayo de 2019. Desde entonces, no he vuelto a subir nada al blog. Ni siquiera me he sentado a escribir.

Hace unas semanas, Ana Azuela me escribió un mensaje privado. Ana y yo establecimos contacto hace unos años a raíz de una de mis publicaciones en el blog. A ella le gustó lo que escribí y, desde entonces, hemos ido intercambiando mensajes de manera esporádica. En su último mensaje me preguntaba si estaría interesado en escribir algo para su web LAO (Laboratorio de Artes y Oficios). Admito que su propuesta me pilló totalmente desprevenido. Como ya he dicho, llevo tiempo sumido en una pequeña crisis creativa y no estaba muy seguro de querer comprometerme a algo que no sabía si podría llevar a buen puerto. Sin embargo, según pasaban los días, aquel ofrecimiento suyo comenzó a despertar en mí un nuevo interés por querer sentarme ante mi escritorio y emborronar unas páginas con algunas ideas que acudían a mi mente. Y eso es justo lo que he hecho, lo que mejor sé hacer, lo que me hace más feliz siempre que se den las condiciones para ello: escribir.

Para finalizar, me vais a permitir que, ahora sí, conteste a la eterna pregunta. Para hacerlo, me serviré de otras preguntas que, todos o casi todos, nos hemos hecho alguna vez. ¿Por qué nos enamoramos, si sabemos que el amor no dura para siempre? ¿Por qué nos ilusionamos con hacer una gran viaje o disfrutar de unas merecidas vacaciones, si sabemos que tarde o temprano volveremos a nuestras rutinarias y anodinas vidas? ¿Por qué nos empeñamos en vivir, si sabemos que la muerte nos tiene la partida ganada de antemano? La respuesta a todas esas preguntas es siempre la misma: porque necesitamos hacerlo. Así que, siempre que te preguntes por qué escribes, recuerda esta respuesta: porque necesitas hacerlo. Tan simple como eso.

Autor: Pedro Fabelo